(Santiago del Prado nos envía la siguiente colaboración)
He tenido la oportunidad de ver El enemigo generoso, la última película de Alexander Sokhurov.
Los protagonistas, Fernando A. y César H., son, cosa rara en una película rusa, dos destacados periodistas limeños que acaban de jubilarse. Se han detestado toda la larga vida, y, ya viejos, coinciden en un tour al polo norte.
Difícil, barroco, reparador encuentro de dos antiguos enemigos, a bordo del buque rompehielos Karameloverdiev.

El telón de fondo es una magnífica sucesión de coruscantes icebergs y estepas glaciales, interrogados aquí y allá por algún oso polar descarriado.
César H. y Fernando A., viejos osos polares del periodismo peruano, a cierta distancia el uno del otro en la cubierta del rompehielos, respiran hondamente en el aire la promesa de la aventura polar. Soñaron muchos, muchos años, cada uno a su manera, con ese viaje al Ártico.
Pero, de pronto, un lacerante cruce de miradas les revela que... ¡han coincidido en la misma travesía!
Pero no, ya no es posible dar marcha atrás... La nave ya zarpó... La nave va...
Tras semejante descubrimiento, cada uno por su lado se dirige a su camarote y busca sosiego.
Entre miles de tours marítimos, ¿cómo rayos pudo darse coincidencia tan desastrosa?
No describiré ese mortífero cruce de miradas de los protagonistas, tras décadas de inquinas e insultos mediáticos recíprocos. Sokhurov ha sabido fijarlo recurriendo a un típico zoom viscontiano, viscontino o viscontesco (me refiero, claro está, al cine de Luchino Biscotti).
Sin embargo, pasan las horas y los dos ex periodistas saben recuperarse de la mortificación de saberse metidos en la misma chalana, consiguiendo mantenerse a la altura de la ilusionada expedición. Siendo los únicos peruanos a bordo, rodeados de una tripulación mayoritariamente eslava y con recio olor a alacrán, a César y a Fernando, viejos antagonistas en el duro oficio del periodismo, al tercer día ya no les es posible eludirse. La hora del té en la cubierta del barco será la ocasión propicia para que ambos caballeros se aproximen, no sin suspicacia.
Mientras el rompehielos Karameloverdiev corta con su proa de titanio el gélido camino del hondo polo norte, llegada la hora del té en ese día polar que dura 24 horas, César y Fernando, Fernando y César, salen de sus camarotes y van tanteando nerviosamente con las gruesas botas la cubierta de la nave, envueltos en abrigos de pieles. El encuentro no tarda, y al saludarse, las primeras frases que intercambian (“Qué chiquito es el mundo...”, “Sí, es una ratonera...”), como tantas otras a lo largo del film, puede afirmarse que conservan para el espectador local, de alguna manera, la frescura, la gracia limeña, no obstante Sokhurov, que eligió para los papeles protagónicos a dos actores limeños, se empecinó en filmar toda la película en ruso.
Conforme avanza rumbo al Polo el macizo buque, enormes cascotes de hielo van quedando atrás, triturados con estrépito.

Sobre la cubierta, la hora del té va prosperando, picando en pedacitos el hielo de los enemigos.
En cierto momento, Fernando ayuda a César (que está a dieta) a que se sirva “solo la mitad” de un “alfajorov”. Ciertamente, no se puede comparar con los que venden en La Casa del Alfajor, pero debemos recordar que Sokhurov rueda sus films con presupuesto reducido.
(Un crítico neoyorquino alaba que El enemigo generoso, al igual que El arca rusa, fuera filmada en una sola toma, sin cortes, pues el presupuesto apenas alcanzaba para una breve travesía a bordo del buque rompehielos. Los dos actores peruanos tuvieron que memorizar los dilatados diálogos del guión escrito en una lengua –el ruso– plenamente ignorada por ellos. No podían equivocarse en la dicción, pues cada minuto a bordo del rompehielos costaba una fortuna. Los rusos siempre trabajan así, con los huevos de bufanda.)
El prepotente buque rompehielos va rayando la senda polar, como inmensa máquina de raspadilla. Es un viaje signado por la buena fortuna: un equipo de radio de la cubierta, conectado a internet, regala a los protagonistas unos minutos nuevaoleros del programa radial limeño “La hora del lonchecito”.
No termina allí el hado favorable: en un momento dado, César y Fernando se pasman ante una aurora boreal, espectáculo feérico como pocos. Previsiblemente, aprovecharán tal maravilla de la natura para pedir un deseo.
Este diálogo es indeleble:
CÉSAR: ¿Pediste un deseo?
FERNANDO: Sí... ¿Y tú?
CÉSAR: También.
FERNANDO: ¿Qué deseo pediste...?
CÉSAR (Sonriendo): Aaaah, eso no se dice...
Se empina rumbo al Polo el macizo rompehielos, lleno de promesas.
Tras la fina atención de Fernando de dividir en dos el alfajorov y avecinarle la mitad a César queda afianzado el interés común que ambos, en el fondo de su añeja hostilidad, siempre conservaron por la literatura. Se suscita uno de los temas de conversación más escogidos que pudiera haber –cierto pasaje de Petronio–, y con ello, un asunto sobre el que los dos viejos enemigos tienen que respetar recíprocamente cada uno la erudición del otro.
Pero no abusaré de la gentileza de los amigos de Conventilador. La película de Sokhurov dura exactamente 5 horas. Su cabal disfrute demanda en el ánimo una especie de plan quinquenal de la paciencia. Superfluo sería querer dar una idea aproximada de esos diálogos hiperbóreos, cuyo efecto semeja al de una serie inacabable de muñecas Matrushkas.
El enemigo generoso puede adquirirse en Polvos Rosados, en DVD pirata (doble), por solo S/. 10. Ante un film así, es francamente incivilizado condenar la piratería.
