Monday, July 25, 2005

Se pide perdón, no permiso

Bryce Echenique: Antimemorias 2

No nos vamos a ocupar del libro, de cómo está escrito, que si la prosa es así, que si nos aburrimos a la mitad, o que si es mejor que sus otros libros. Cojudeces. Eso se lo dejamos a los lustrabotas de siempre. Lo que nos interesa es poner sobre el tapete el tema de fondo. Bryce dice lo que le da la gana acerca de un montón de gente (familiares, amigos y hasta instituciones y empresas). Nos parece de la puta madre que lo haga. Es más, creemos que todo el mundo tendría el derecho de hacer lo mismo. Para quienes aún no hayan leído las más de 600 páginas de este nuevo recordaris, los amigos de Signos y Obras ponen a su disposición una brevísima selección de las más “crueles y divertidas infidencias” de Permiso para sentir.
La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué, cuando un don nadie dice cosas así la censura es unánime? O, peor aún, cuando un don nadie se atreve a responderle a alguien que dice cosas así. Quien crea que exageramos, puede preguntarle a Rafael Moreno. Además, hemos sido testigos de la discreta cobertura mediática de las aclaraciones hechas por Arturo Corcuera y por la cuñada y los sobrinos de Bryce. Apenas unas líneas publicadas en la sección Cartas de un diario, y sin más comentario que “Posición Expresada”. Tampoco hemos visto a ninguno de los exégetas de nuestro divertido y achispado escritor censurar los excesos cometidos por el buen Alfredo. Y, ojo, que no se trata de rebatir al autor: no está en discusión si algunas de las anécdotas contadas en el libro se ajustan a la verdad, o si los juicios y opiniones tienen cierto grado de objetividad. Al final, es la palabra de Bryce contra la de los agraviados. Con la diferencia de que los agraviados no gozan de mayor tribuna para exponer sus puntos de vista. Y Bryce debería saber lo triste y demoledor que puede ser para una persona (pensemos en Corcuera, en los amigos de César Calvo) que alguien de mayor prestigio lo embarre de pasadita en un recuento autobiográfico. Parece haber olvidado las huevadas que dijo Varguitas de su amigo Julio Ramón Ribeyro en ese otro mamarracho de Memorias, titulado El Pez en el Agua, donde le dedicó estas líneas:

Ribeyro, escritor muy decoroso, hasta entonces amigo mío, había sido nombrado diplomático ante la UNESCO por la dictadura de Velasco y fue mantenido en el puesto por todos los gobiernos sucesivos, dictaduras o democracias, a los que sirvió con docilidad, imparcialidad y discreción.

¿Miente Vargas Llosa? Creemos que no. Y sin embargo, líneas como las anteriores, sólo revelan la miseria humana de nuestro candidato al Nobel. Por eso creemos que intervenciones con altas dosis de bilis y violencia, como la de César Hildebrandt (suplemento dominical de La Republica, 24 de Julio) no logran otra cosa que desviar el punto, además de darles buenos argumentos al suegrísimo y otros amigotes de la peña Orozco. En fin, Hildebrandt goza de la inmunidad que le brinda su tribuna televisiva. Pero ¡ay, de aquel que, sin tener el prestigio de Bryce o Vargas Llosa se atreva a hacer algo similar! Será proscrito y adjetivado con metralleta. Artero, bribón, cobarde, desgraciado, envidioso, falaz, grosero, y así hasta llegar a la letra zeta.
Finalmente, una acotación: es fácil romper el “infame pacto de hablar a media voz” (para seguir con la huachafada de González Prada *) cuando ya la hiciste. Cuando vas camino a la base siete, tienes el futuro económico asegurado y tu prestigio de escritor te permite cagarte en todo el mundo. Muchas personas se preguntarán, ¿qué le ha pasado a Alfredo Bryce? No hay razón para extrañarse. Bryce ha escrito la segunda parte de sus Antimemorias de la misma desatinada manera con la que anda por la vida diciendo toda clase de impertinencias que son oportunamente celebradas por su corte.

¡Salud por eso!
* Cómo nos hace notar un lector esta frase se presta a malas interpretaciones: la huachafada no es de González Prada, sino de quienes enarbolan la frase cada vez que pueden para disfrazar su hipocresía.